En la parte del camino del Monte de la Transfiguración a la cruz del Calvario que llevó hasta Jerusalén, no hubo sólo muchos que cantaban entusiasmados. También hubo muchos que querían hacer callar a los que cantaban. Los fariseos se deben haber sentido amenazados. Muchas personas -personas que ellos mismos conocían- seguían a Jesús quien, con buenas razones, los criticaba a ellos.
Es interesante que los fariseos pensaran que Jesús podía hacer callar a los que cantaban. Y quizás lo podía haber hecho. Lo que sabemos con toda seguridad es que, si hubiera querido, podría haber hecho gritar a las piedras. Aparentemente los fariseos no tenían ninguna duda al respecto. A menudo la naturaleza parecía unirse a los gritos de alegría de los muchos que se alegraban en su Salvador.
Al ir acercándose a Jerusalén, Jesús se conmueve por lo que esa ciudad significa para él, y por lo que sabe que le espera. Jesús ama Jerusalén, pero sabe que no va a existir para siempre. Esas piedras que tantos admiran, no van a permanecer donde están. Ellas también van a gritar que sus ciudadanos no están dispuestos a reconocer que Dios está viniendo.
Qué glorioso es cuando las mismísimas piedras reconocen con nosotros el tiempo del Señor, y se unen a nuestros cantos de alabanza. Qué difícil sería si esas piedras hablaran de nuestro fracaso en honrar y reconocer el tiempo de nuestro Señor.
ORACIÓN: ¡Que hasta las piedras amplifiquen nuestros sonidos de alabanza! Amén.
Rev. Vern Gundermann
El Pastor Klaus regresará el 7 de abril
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